¿Cáncer o simple grano? Por qué esa pequeña costra que no cicatriza debería preocuparte

Una costra que no sana: la señal que no debes ignorar

En el ala de la nariz o en la sien, aparece una pequeña costra que se aferra a la piel. La confundimos con un grano tardío, la secamos, cae… y vuelve a aparecer. Detrás de este escenario tan cotidiano puede esconderse un carcinoma basocelular, el cáncer de piel más frecuente que existe: representa el 70 % de todos los cánceres cutáneos, con cerca de 65 000 nuevos casos anuales en Francia.

Su avance es lento y su pronóstico generalmente favorable, lo cual explica que muchas personas tarden en reaccionar. La piel es experta en despistar: una pápula nacarada, una pequeña herida que no termina de cerrarse, una zona de sequedad localizada… El basocelular aparece preferentemente en áreas expuestas al sol, y en el 80 % de los casos se localiza en el rostro y el cuello.

Carcinoma basocelular o grano común: cómo distinguirlos

Un grano de acné o un pelo enquistado dura entre unos días y dos semanas, luego se aplana y desaparece por completo. El falso grano basocelular, en cambio, persiste en el mismo lugar. Suele tener un borde liso y nacarado, con pequeños vasos sanguíneos visibles al estirar la piel. Puede formar una costra que cae, sangrar con facilidad y volver a costrarse una y otra vez.

Los factores que deben encender las alarmas son: tener más de 50 años, piel clara, exposición solar acumulada a lo largo de los años y localización en la nariz, las orejas o las sienes. La regla de oro es clara: si la lesión supera las 4 a 6 semanas sin sanar, hay que consultar a un médico sin demora.

Tanto el Instituto Nacional del Cáncer (INCa) como el Sindicato Nacional de Dermatólogos-Venereólogos (SNDV) recomiendan una valoración especializada ante cualquier lesión cutánea que persista en el tiempo. Detectado a tiempo, el basocelular se cura en cerca del 100 % de los casos. El mayor reto no está en el tratamiento, sino en no pasarlo por alto.

Por qué la costra no desaparece: el papel de los rayos UV y el diagnóstico

Este proceso no tiene nada que ver con una inflamación sebácea. Bajo el efecto acumulado de los rayos UV, algunas células basales de la epidermis se desregulan y comienzan a multiplicarse sin control. Esto impide que se forme una cicatrización estable: la lesión crece, se ulcera, sangra y vuelve a convertirse en costra. Si se deja evolucionar demasiado tiempo, el tumor puede llegar a afectar al cartílago de la nariz o al borde de un párpado.

Estas formas graves son poco frecuentes, representan menos del 2 % de los casos, y el riesgo vital raramente está comprometido. El diagnóstico es dermatológico: el médico examina la lesión, en ocasiones con un dermatoscopio, y confirma el resultado mediante una biopsia cutánea si es necesario. Este procedimiento, realizado bajo anestesia local, puede extirpar la totalidad del tumor en el mismo acto; posteriormente se realiza un análisis anatomopatológico.

¿Qué hacer cuando una costra lleva más de 4 a 6 semanas sin cicatrizar?

Lo primero es dejar de manipularla: nada de presionar, rascar ni cubrir la zona con cremas antiacné. Lo más útil es fotografiar la lesión cada semana, a la luz natural, para documentar objetivamente su evolución. Conviene también anotar si la costra sangra con el mínimo roce, por ejemplo al secarse la cara.

Al pedir cita, es importante explicar que se trata de una costra que no cicatriza desde hace más de un mes y que sangra con facilidad: esto justifica una consulta prioritaria con el dermatólogo. En la consulta, una lesión pequeña puede extirparse ese mismo día. Cuando la extirpación ha sido parcial, el tratamiento continúa: la cirugía sigue siendo el método de referencia.

Según el tipo de tumor, existen otras opciones terapéuticas: crioterapia, electrocoagulación, radioterapia, terapia fotodinámica o tratamientos locales de inmunoterapia. La idea esencial es sencilla: cuanto antes se actúa, más sencilla es la intervención y menos visible la cicatriz resultante.

Scroll al inicio